Friday, October 2, 2026

Un velo...

 


"Su rostro estaba cubierto por un velo, y aun así, su belleza la hacía inconfundible: era la más hermosa de todas."

 

Monday, September 28, 2026

Cielo en tus ojos

 





Cielo en tus ojos

Vi el cielo azul en tus ojos,
y nubes blancas flotando sobre tu rostro.
Vi tus labios,
rojos como una rosa recién abierta.
Y un dorado sutil
que enmarca tu luz.
Eres verdaderamente magnífica,
no hay otra mujer como tú,
ni en la tierra, ni en el cielo.

Jen-O

Monday, August 3, 2026

A los Seres de los Reinos Olvidados


Y a quienes aun creen en ellos...

¡Ah!, de un gnomo podría hacerme amigo
y con él degustar su ale de octubre,
que feliz es quien su amistad descubre
y triste quién lo tiene de enemigo.

Con un genio prefiero no encontrarme,
que aunque deseos conceder pudiera,
se sabe que si mal humor tuviera,
podría a muchas penas condenarme.

Si en mi barca sirenas encontrase
y muy dulce canción les escuchara,
cual Ulises con sogas me amarrara
por no ser que en sus brazos naufragase.

Si con feroz dragón yo me encontrara,
a enano herrero espada le pidiera,
si no Balmunga puede otra cualquiera,
que la sangre del mónstruo derramara.

Con troll malagestado y destructivo,
ni por azar quisiera el encontrarme,
que si diese en capricho de atacarme,
me faltaran más piernas fugitivo.

Mejor disfrutaría finalmente,
encuentro de hadas en su reinado,
aunque es un peligro enamorado,
estar con Pari-Banu en el presente.

Jenofonte

Entre el tiempo y el ocaso.

 


Thursday, July 30, 2026

Desierto

Escucha, mi amor, mientras me pierdo.
Tu presencia brilla como resplandor
en mi árido desierto.
Tiempo, distancia, barreras invisibles
erigieron un muro entre nosotros.
Pero aun así, sostengo mi esperanza.
Esa es mi lucha.
Hoy nuestros caminos se separan,
así lo ha decretado el destino.
¿Volverán a encontrarse alguna vez
nuestros corazones?
 


Tuesday, July 28, 2026

La Mula del Arzobispo (Relato verídico según fuentes no del todo confiables)

Existe por ahí una ciudad que arrastra con resignación un apodo tan insólito como inmortal: “La Ciudad de la Mula”.

Y no, no se trata de una metáfora literaria ni de una crítica al tránsito local.

La historia es esta:

En tiempos no tan remotos, la máxima autoridad espiritual —y, por lo que se veía, también la más voluminosa— era un arzobispo cuyo tamaño hacía temblar las balanzas y las vigas de su residencia. Tan significativo era su perímetro abdominal, que el vulgo, siempre creativo y un poquito cruel, lo apodó con devoción “el Anchobispo”.

Este personaje poseía una mula. Pero no cualquier mula.

Era una mula tan noble, tan fornida, tan estoica, que parecía haber sido entrenada por monjes tibetanos para soportar cargas místicas (y físicas) excepcionales. Aquel animal era su medio de transporte, su confidente y, posiblemente, su única amiga, pues ni la sotana alcanzaba para dos.

Pero un día ocurrió la catástrofe: la mula desapareció.

Así, sin despedirse, sin dejar una nota, sin ni siquiera comerse el desayuno.

Cuando el arzobispo se enteró, hizo lo que haría cualquier hombre de fe: gritó, vociferó, y ordenó una investigación al mejor estilo inquisitorial.

Las indagaciones, sin embargo, no dieron frutos. Nadie sabía nada. Nadie había visto ni oído ni olido a la mula. Un misterio.

Se comenzó a sospechar que aquello no era un robo cualquiera. ¿Quién en su sano juicio robaría una mula que había cargado años de eclesiástica gordura? ¿Y para qué? ¿Reventa? Imposible. La mula era famosa, casi tanto como el arzobispo. Era la Lady Gaga de los équidos.

Algunos sostenían que todo era una broma. Los sospechosos de siempre eran los bromistas del pueblo, una pandilla con antecedentes tan peligrosos como haber amordazado las campanas con trapos para que el sacristán se luciera tirando cuerdas en vano durante la misa de las seis.

Pero otros, más serios —y más propensos al drama—, denunciaron un ataque a la Iglesia. Una herejía. Un ultraje.

“¡Quieren derribar la fe a mulazos!” gritaban los más exaltados, mientras se persignaban con manos temblorosas.

La investigación, entonces, se intensificó. Se recurrió a métodos de interrogación oficialmente "muy efectivos", de esos que hacen hablar hasta a las piedras… o por lo menos, a los que las cargan.

Gracias a estos métodos, se resolvieron crímenes pasados, se descubrieron delitos que nadie había denunciado y hasta hubo quien confesó haber robado un dulce en 1873. Pero de la mula… ni un pelo.

Con el tiempo, el escándalo se convirtió en chiste, y el arzobispo, en protagonista de canciones que rimaban mula con… bueno, con otras cosas poco edificantes.

La mula se volvió leyenda y el arzobispo, víctima del folklore oral, fue pintado en murales anónimos donde aparecía montado en un burro... o en un chancho, según el grado de inspiración del artista.

Viendo que las herramientas terrenales no servían, Su Excelencia decidió recurrir a lo alto. Organizó rogativas. Misas especiales. Procesiones con tanto incienso que hubo quien pensó que la ciudad estaba en llamas. Y en medio de todo eso… sucedió el milagro.

Mientras la procesión avanzaba solemnemente, entre letanías, beatas medio desmayadas y niños lanzando pétalos con entusiasmo homicida, ¡apareció la mula!

Tan campante, como quien regresa de un paseo por el campo.

Se puso al frente del cortejo, levantó la cabeza con dignidad y comenzó a caminar, marcando el paso.

Parecía decir: “¿Acaso alguien dudaba de mi puntualidad litúrgica?”

La multitud enmudeció. Los porteadores casi dejan caer al pobre San Hermenegildo. Las beatas se santiguaban tan rápido que les zumbaban los brazos. Y el arzobispo… bueno, el arzobispo lloró. De emoción, claro. O de alivio lumbar.

A partir de ahí, todo volvió a la normalidad. El arzobispo retomó sus paseos montado, los sospechosos aplicaron linimento en las zonas sensibles, y la mula fue tratada con más respeto que el mismísimo obispo auxiliar.

Pero como toda buena historia absurda, la cosa no terminó ahí.

Resulta que la mula había aparecido justo en medio de la procesión. Y sola. Sin ser llamada. Sin Waze. Sin GPS.

La gente, naturalmente supersticiosa y hábil en marketing místico, concluyó lo obvio: ¡la mula era milagrosa!

Donde fue vista por última vez, alguien —nadie supo quién— levantó una pequeña ermita. Con su cruz, sus flores, sus velitas. Pronto comenzaron a llegar devotos. A pedir favores. A dejar ofrendas.

Los curas predicaban en contra. Los ateos se reían. Pero el flujo de fieles crecía.

Y así, con devoción y algo de oportunismo, nació la veneración a la “Santa Mula”.

Con el tiempo, se construyó allí un santuario, y la ciudad ganó fama. No por su arquitectura, ni por su historia, ni por su arte. No. Por su mula.

Y desde entonces, con resignación y un dejo de orgullo, es conocida en todos los mapas —y varios chistes malos— como “La Ciudad de la Mula”.

Jenofonte