supera en brillo a mil estrellas;
como el aire suave del amanecer,
su belleza es leve y tan amarla.
¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso! (Don Quijote)
Se detuvo al cruzar el umbral, como si hubiera abierto algo más que una puerta.
La luz no era luz, sino un eco de lo que ya no debía existir,y el aire —quieto, denso— parecía observarla de vuelta.
Por un instante, olvidó quién era antes de ese paso,
porque hay revelaciones que no llegan como un trueno, sino como un susurro…
y aun así, lo cambian todo.
—¡Dios mío! —exclamó María Gavrílovna—.
¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?
—No lo sé—dijo Burmín—, no sé cómo se llama la aldea en que
me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di
tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia,
me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación
de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña,
de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a
la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de
mí.
Burmín palideció... y se arrojó a sus pies...
(La Tempestad, Alexander Pushkin)