—¡Dios mío! —exclamó María Gavrílovna—.
¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?
—No lo sé—dijo Burmín—, no sé cómo se llama la aldea en que
me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di
tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia,
me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación
de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña,
de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a
la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de
mí.
—¡Dios mío, Dios mío! —dijo María Gavrílovna, tomándole la mano—. ¡De modo que era usted! ¿Y no me
reconoce?
Burmín palideció... y se arrojó a sus pies...
(La Tempestad, Alexander Pushkin)