Thursday, July 30, 2026

Desierto

Escucha, mi amor, mientras me pierdo.
Tu presencia brilla como resplandor
en mi árido desierto.
Tiempo, distancia, barreras invisibles
erigieron un muro entre nosotros.
Pero aun así, sostengo mi esperanza.
Esa es mi lucha.
Hoy nuestros caminos se separan,
así lo ha decretado el destino.
¿Volverán a encontrarse alguna vez
nuestros corazones?
 


Tuesday, July 28, 2026

La Mula del Arzobispo (Relato verídico según fuentes no del todo confiables)

Existe por ahí una ciudad que arrastra con resignación un apodo tan insólito como inmortal: “La Ciudad de la Mula”.

Y no, no se trata de una metáfora literaria ni de una crítica al tránsito local.

La historia es esta:

En tiempos no tan remotos, la máxima autoridad espiritual —y, por lo que se veía, también la más voluminosa— era un arzobispo cuyo tamaño hacía temblar las balanzas y las vigas de su residencia. Tan significativo era su perímetro abdominal, que el vulgo, siempre creativo y un poquito cruel, lo apodó con devoción “el Anchobispo”.

Este personaje poseía una mula. Pero no cualquier mula.

Era una mula tan noble, tan fornida, tan estoica, que parecía haber sido entrenada por monjes tibetanos para soportar cargas místicas (y físicas) excepcionales. Aquel animal era su medio de transporte, su confidente y, posiblemente, su única amiga, pues ni la sotana alcanzaba para dos.

Pero un día ocurrió la catástrofe: la mula desapareció.

Así, sin despedirse, sin dejar una nota, sin ni siquiera comerse el desayuno.

Cuando el arzobispo se enteró, hizo lo que haría cualquier hombre de fe: gritó, vociferó, y ordenó una investigación al mejor estilo inquisitorial.

Las indagaciones, sin embargo, no dieron frutos. Nadie sabía nada. Nadie había visto ni oído ni olido a la mula. Un misterio.

Se comenzó a sospechar que aquello no era un robo cualquiera. ¿Quién en su sano juicio robaría una mula que había cargado años de eclesiástica gordura? ¿Y para qué? ¿Reventa? Imposible. La mula era famosa, casi tanto como el arzobispo. Era la Lady Gaga de los équidos.

Algunos sostenían que todo era una broma. Los sospechosos de siempre eran los bromistas del pueblo, una pandilla con antecedentes tan peligrosos como haber amordazado las campanas con trapos para que el sacristán se luciera tirando cuerdas en vano durante la misa de las seis.

Pero otros, más serios —y más propensos al drama—, denunciaron un ataque a la Iglesia. Una herejía. Un ultraje.

“¡Quieren derribar la fe a mulazos!” gritaban los más exaltados, mientras se persignaban con manos temblorosas.

La investigación, entonces, se intensificó. Se recurrió a métodos de interrogación oficialmente "muy efectivos", de esos que hacen hablar hasta a las piedras… o por lo menos, a los que las cargan.

Gracias a estos métodos, se resolvieron crímenes pasados, se descubrieron delitos que nadie había denunciado y hasta hubo quien confesó haber robado un dulce en 1873. Pero de la mula… ni un pelo.

Con el tiempo, el escándalo se convirtió en chiste, y el arzobispo, en protagonista de canciones que rimaban mula con… bueno, con otras cosas poco edificantes.

La mula se volvió leyenda y el arzobispo, víctima del folklore oral, fue pintado en murales anónimos donde aparecía montado en un burro... o en un chancho, según el grado de inspiración del artista.

Viendo que las herramientas terrenales no servían, Su Excelencia decidió recurrir a lo alto. Organizó rogativas. Misas especiales. Procesiones con tanto incienso que hubo quien pensó que la ciudad estaba en llamas. Y en medio de todo eso… sucedió el milagro.

Mientras la procesión avanzaba solemnemente, entre letanías, beatas medio desmayadas y niños lanzando pétalos con entusiasmo homicida, ¡apareció la mula!

Tan campante, como quien regresa de un paseo por el campo.

Se puso al frente del cortejo, levantó la cabeza con dignidad y comenzó a caminar, marcando el paso.

Parecía decir: “¿Acaso alguien dudaba de mi puntualidad litúrgica?”

La multitud enmudeció. Los porteadores casi dejan caer al pobre San Hermenegildo. Las beatas se santiguaban tan rápido que les zumbaban los brazos. Y el arzobispo… bueno, el arzobispo lloró. De emoción, claro. O de alivio lumbar.

A partir de ahí, todo volvió a la normalidad. El arzobispo retomó sus paseos montado, los sospechosos aplicaron linimento en las zonas sensibles, y la mula fue tratada con más respeto que el mismísimo obispo auxiliar.

Pero como toda buena historia absurda, la cosa no terminó ahí.

Resulta que la mula había aparecido justo en medio de la procesión. Y sola. Sin ser llamada. Sin Waze. Sin GPS.

La gente, naturalmente supersticiosa y hábil en marketing místico, concluyó lo obvio: ¡la mula era milagrosa!

Donde fue vista por última vez, alguien —nadie supo quién— levantó una pequeña ermita. Con su cruz, sus flores, sus velitas. Pronto comenzaron a llegar devotos. A pedir favores. A dejar ofrendas.

Los curas predicaban en contra. Los ateos se reían. Pero el flujo de fieles crecía.

Y así, con devoción y algo de oportunismo, nació la veneración a la “Santa Mula”.

Con el tiempo, se construyó allí un santuario, y la ciudad ganó fama. No por su arquitectura, ni por su historia, ni por su arte. No. Por su mula.

Y desde entonces, con resignación y un dejo de orgullo, es conocida en todos los mapas —y varios chistes malos— como “La Ciudad de la Mula”.

Jenofonte


Saturday, July 25, 2026

Liset

 

—¡Hey, rubio, ven con nosotros, nos juntamos en la esquina! —me gritó el García, como para que lo escuchara toda la cuadra.

Ya estaba cansado de ese grupo de pesados y sus bromas. No quería juntarme más con ellos. Si lo hice antes, fue tal vez porque necesitaba compañía, pero ya tenía más que suficiente de servirles de blanco de sus payasadas.
—No —respondí sin pensar—, tengo que juntarme con mi novia.
—¿Desde cuándo tienes novia? —gritó de nuevo.
Sin responder, me fui rápidamente de ahí sin mirar atrás.
Así fue como la conocí. Desde entonces dejé de juntarme con el grupo de siempre. Cada vez que podía, estaba con ella. Pero nunca en público; buscábamos los lugares más solitarios y ocultos: la última banca de una iglesia en horas vacías, un banco en el parque escondido entre dos frondosos árboles, una playa desierta.
La vez que se me acercaron dos liceanas —que nunca me hablaban— y me dijeron:
—Supimos que tienes novia, ¿quién es, si puede saberse?
Respondí sin pensar:
—Se llama Liset, ¿por qué?
—¿Liset qué? —preguntó una.
—Liset-a-ustedes-no-les-interesa —dije, alejándome.
De pronto surgió un interés nunca antes visto por mí. Hasta me invitaron a un baile.
—Anda con tu Liset —me dijeron.
—No le dan permiso —contesté—. Gracias por la invitación.
Y así transcurrió el año. Si antes me trataban poco, ahora me trataban menos. Pero yo vivía contento, porque cada vez que me sentía solo, Liset aparecía y me acompañaba, silenciosa, pero siempre a mi lado.
Cuando tuve que irme a estudiar a la capital, Liset se quedó atrás. Los estudios intensos y el trabajo de medio tiempo no me dejaban espacio para nada, y sin darme cuenta, la olvidé completamente.
Tras algunos años, y ya instalado en la rutina de mi nuevo trabajo, un día algo se movió dentro de mí. Era esa antigua soledad. Luego, llegó un impulso leve, como si una parte dormida despertara: necesitaba volver.
Y decidí regresar al pueblo. No por nostalgia, sino por una mezcla de cansancio y curiosidad. Quería ver qué había sido de los otros, si el barrio seguía igual, si García aún gritaba desde la esquina.
Caminé por las calles de siempre, y todo me parecía más pequeño, más apagado. Fue entonces cuando la vi.
Era una mujer sentada en una banca de la plaza, con un cuaderno en las manos. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles, proyectando sombras suaves sobre su rostro. Al pasar cerca, algo en su expresión —una forma de fruncir apenas los labios, de mirar el papel como si el mundo fuera un murmullo— me resultó inquietantemente familiar.
Me detuve. Sentí una punzada en el pecho. Una especie de eco.
—¿Tú… eres Liset? —pregunté, sin pensar, con la voz más baja de lo que imaginaba.
Ella alzó la mirada, sorprendida. Sus ojos —grandes, tranquilos, como si supieran algo que yo todavía no— me observaron con curiosidad.
—¿Nos conocemos?
Dudé. Algo en su forma de estar, de sostener el cuaderno con delicadeza, me golpeó con una ternura antigua.
Ella ladeó la cabeza, como intentando descifrarme, y entonces sonrió. No con burla ni incomodidad: con una calidez tibia, honesta.
—Me llamo Elisa —dijo—. Pero cuando era chica, solía escribir cuentos firmados como “Liset”. ¿Por qué?
El mundo pareció detenerse. Sentí que el aire se volvía más denso, como si la realidad respirara conmigo.
No supe qué responder. Solo me senté junto a ella, casi en un acto reflejo, con el corazón latiendo fuerte, como si algo largamente dormido despertara de golpe.
Le conté —a medias, con pausas— la historia de una novia secreta que había inventado en el colegio. Le hablé de los lugares donde me refugiaba con ella, del silencio compartido, del consuelo que me daba su sola presencia. Le dije que nadie la había visto jamás, pero que para mí había sido real.
Ella no se rió. No se extrañó. Solo escuchó, con los ojos fijos en mí, como si estuviera leyendo un cuento que ya conocía de antes.
—Qué raro… —dijo al fin, con voz suave—. Yo también me inventé a alguien como tú. Venía a verme cuando más lo necesitaba. Solo que nunca lo encontré en persona.
Nos quedamos en silencio, mientras la brisa movía las hojas del cuaderno entre sus dedos. El sol bajaba lentamente, tiñendo de naranja los contornos de la plaza.
Y entonces lo comprendí.
Liset, tal vez, nunca existió con un cuerpo ni con un nombre real. Pero sí fue verdadera. Fue la forma que tuvo mi alma de no quebrarse. Y ahora, frente a mí, había alguien que también había dibujado con la imaginación un puente para no estar sola.
No había encontrado a Liset.
Había encontrado algo más valioso: la certeza de que no estaba solo, y que nunca lo estuve.

Jenofonte

Thursday, July 23, 2026

La Tirana


La Tirana: La historia de amor que inventamos para olvidar a un dios

Cada mes de julio, el polvo de la Pampa del Tamarugal se levanta al ritmo de miles de bailes chinos. Todos llegan por lo mismo: la Virgen del Carmen de La Tirana. Si preguntas por el origen del nombre, casi todos te contarán la misma historia de amor trágico. Pero esa historia es solo la mitad. La otra mitad estuvo enterrada por mucho tiempo.

La princesa que nunca existió como nos la contaron

A fines del siglo XIX, un historiador peruano llamado Rómulo Cúneo-Vidal hizo algo muy inteligente. Recorrió el norte, escuchó a los abuelos pampinos, recopiló sus relatos sueltos y los unió en una sola novela, potente, fácil de recordar y de rezar.

Su protagonista era Ñusta Huillac, una princesa inca. Según el relato que él fijó, la Ñusta escapa al bosque de tamarugos acompañada de sus fieles y de un prisionero portugués. Se enamora de él. Y, por amor, decide perdonarle la vida y acercarse a la fe cristiana que él le enseñaba.

Para su pueblo, eso fue una traición imperdonable. La princesa, antes respetada, se volvió tirana a sus ojos por imponer un amor prohibido y un dios extranjero. La sentencia fue cruel y simbólica: ambos fueron ejecutados a flechazos. La leyenda dice que su última voluntad fue morir bajo el signo de una cruz.

Tiempo después, el misionero Antonio Rendón encontraría esas dos tumbas y levantaría allí una pequeña ermita. Ese punto en medio de la nada sería el origen del pueblo de La Tirana.

La historia funcionó. Era perfecta. Tenía amor, traición, martirio y conversión. Transformó lo que eran creencias antiguas del desierto en un relato católico fundacional. Sobre esa base emocional se construyó la devoción que hoy mueve a todo un país.

El dios que estaba antes.

Pero ¿y si el nombre de La Tirana no viniera de una princesa tirana?

Ahí entra la segunda historia, mucho más antigua y mucho menos conocida. Hay que salir de Tarapacá y subir al altiplano boliviano, a la tierra de los Uru Chipaya, uno de los pueblos más antiguos de América. Para ellos, el desierto y el agua no son paisaje, son dioses.

Uno de esos dioses es Tira Tirani.

Tira Tirani  no es una persona. Es un mallku, un espíritu protector de la tierra, del barro y de los bofedales. Es también una pukara, un lugar sagrado donde la tierra misma es fortaleza. Su origen se remonta al tiempo de los chullpas, aquellos antepasados míticos que vivieron antes que el sol.

A diferencia de otros mallkus que se representaban con figuras de adobe, a Tira Tirani se le representaba con champa, ese pasto duro y trenzado que crece en los humedales. Era un dios hecho del mismo material que le da vida al desierto.

Con la llegada de aimaras, quechuas e incas y luego de los españoles, el culto directo a Tira Tirani se fue haciendo cada vez más silencioso. Pero nunca desapareció. Hasta hoy, los chipayas de mayor edad cuentan que hay que saludarlo de lejos, cuando se pasa cerca de donde está enterrado, antes de ir a una feria o antes de tomar una decisión importante.

Los Uru Chipaya no se quedaron en el altiplano. Durante siglos, fueron caravaneros y se movieron desde el lago Titicaca hasta la costa del Pacífico. Atravesaron y habitaron la Pampa del Tamarugal mucho tiempo antes de que llegaran los incas. Y en esa estadía dejaron el culto a Tira Tirani, de manera que su nombre quedó en la memoria del lugar.

Cuando los misioneros y luego los historiadores como Cúneo-Vidal escucharon "Tira Tirani", lo que les sonaba extraño y pagano fue reemplazado por algo que todos podían entender: "La Tirana". Una princesa castigada a causa de la fe cristiana era una explicación mucho más aceptable para aquellos hombres que un dios ancestral de barro y pasto, cuyo nombre y memoria debían ser borrados.

Dos historias, una misma fiesta. 

Entonces, ¿cuál es la verdadera?

Las dos. Las dos lo son.

La Fiesta de La Tirana es justamente eso: una superposición. Por debajo está el sustrato milenario andino, el del dios de los humedales que le dio nombre al territorio. Por encima, el relato mestizo y romántico de la princesa inca –tan parecido a otros relatos- que le dio un sentido cristiano y dramático a ese nombre.

Cada vez que un bailarín se arrodilla frente a la Virgen en julio, sin saberlo, está realizando dos actos a la vez: está recordando el martirio de una mujer que quiso amar de otra forma, y está saludando, a la distancia, a un viejo dios del barro que se negó a irse del desierto.

Saturday, July 11, 2026

Chiara Cintarini


Ella es la Nobil Donna Chiara Contarini.

En su palacio junto al Gran Canal recibe embajadores otomanos y negocia cargamentos de café. Tiene 24 años. Desprecia los corsés franceses.

Prefiere el kaftán verde bordado en oro, con cuello de piel y velo traslúcido. Un lujo típico de la nobleza otomana. Y entiende más de la Sublime Puerta que el propio bailío veneciano.

Las cartas las cifra ella misma. Su palacio siempre huele a ámbar, tinta y a los granos de moka que tuesta ella misma.

El Consejo de los Diez sospecha que su salón es algo más que comercio. Que con ese anillo de esmeralda abre cartas que no son simples, sino parte de una conjura.

Pero nadie podía cuestionar a una Nobil Donna Contarini. Venecia necesitaba mantener su comercio y la diplomacia ante el Imperio Otomano. Y Chiara era el puente.

Jen-O

Thursday, July 9, 2026

Horizonte



Apenas insinuada, rompía la línea del horizonte. Podía ser una estación, una nave o una ilusión. No importaba. Lo único importante era la posibilidad del viaje y la certeza del destino.

Wednesday, July 8, 2026

Una carta a la Tierra

 

Elenai nunca pensó que dejaría de escuchar el sonido de la lluvia.

Aunque era la comandante más joven al mando de la misión Odisea VII, la primera en orbitar Saturno, sabía perfectamente que viajar sin tripulación de apoyo tendría un costo. Todos los manuales afirmaban que el silencio del espacio era paz. Sin embargo, mentían.

Su traje blanco crujía cada vez que giraba dentro de la cápsula de observación. Afuera, los anillos de Saturno giraban como un inmenso disco de metal cósmico, dorado y perfecto. Llevaba 317 días contemplándolos. Llevaba 317 días sin escuchar otra voz humana que no fuera la suya en las grabaciones de la bitácora.

Desde allí, la Tierra era apenas un punto azul que ya ni siquiera buscaba por la ventana. Estaba demasiado lejos para las noticias. Demasiado lejos para las despedidas que nunca llegó a hacer.

Esa mañana, el sistema mostró un mensaje:

"Día de Mensaje Personal".

Una simple formalidad. Podía enviar una carta de hasta 500 palabras que tardaría ochenta minutos en llegar a la Tierra.

Elenai activó el grabador.

Dudó.

¿Qué le dices a un planeta que ya aprendió a seguir sin ti?

Respiró hondo y comenzó a hablar.

A quien aún me recuerde:

Aquí arriba el tiempo no existe. Solo hay órbitas.

Saturno no hace ruido, pero, si pudiera hacerlo, creo que sonaría como el mar en invierno.

No vine a conquistar nada. Vine porque, desde hace mucho tiempo, las estrellas eran preguntas. Quería responder al menos una.

Y la respondí.

Estamos solos... pero qué vista tan increíble tenemos de nuestra soledad.

Si esta carta llega, salgan esta noche. Miren hacia arriba. Estoy en la parte más oscura del cielo, cuidando los anillos para que no se caigan.

No estoy perdida.

Estoy exactamente donde decidí estar.

Apagó el grabador.

Por primera vez en meses, sonrió.

El silencio ya no pesaba tanto.

Giró lentamente la cabeza hacia Saturno. Los anillos se reflejaban en el visor de su casco. Entonces ocurrió algo imposible.

Por un segundo, juró que escuchó llover.

(Jenofante)