Saturday, April 11, 2026

Hada



En la origen doranda del silencio
un hada enciende luce en el río,
y el agua guarda, suave y despierta,
el brillo secreto por su hechizo.

Bajo un cielo lleno de promesas,
la mañana se inclina ante su vuelo,
y a lo lejos, un castillo de sueños
espera en calma su dulce anhelo.

Es leve su gesto, clara y serena,
como un susurro antiguo entre flores;
y el mundo, al mirarse en su reflejo,
la magia es su brillo en luz y colores.

Thursday, April 9, 2026

La Tempestad (el final)

 


—¡Dios mío! —exclamó María Gavrílovna—.

¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?

—No lo sé—dijo Burmín—, no sé cómo se llama la aldea en que me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia, me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de mí.

—¡Dios mío, Dios mío! —dijo María Gavrílovna, tomándole la mano—. ¡De modo que era usted! ¿Y no me reconoce?

Burmín palideció... y se arrojó a sus pies...

(La Tempestad, Alexander Pushkin)

Tuesday, April 7, 2026

Su mirada

 


“Cuando ella inclinó su rostro, sentí que el mundo entero guardaba silencio para escuchar el latido de mi corazón. Había en su mirada una promesa dulce y peligrosa, como esas noches interminables donde el deseo no se nombra… pero cómo se arde.”   (Las Mil y Una Noches)

Sunday, April 5, 2026

Suave luz


En la suave luz que envuelve su semblante,
me vive un susurro de momentos soñadores,
como si el viento en el campo supiera su nombre
en los rincones más profundos de su alma.

Sus ojos, dos cielos en calma suspendidos,
guardan historias que presienten ser dichas,
y en su mirada se pierde el instante,
como hoja dorada en un río infinito.

En su gesto habita una dulce nostalgia
de quien sí ha amado sin pedir destino a la vida,
con la ternura de un verso escondido,
tejido en el tiempo.

Una mujer que no se pierde en sus sueños,
sino que en ellos se encuentra,
y deja en el tiempo, sin ruido,
la huella serena de un alma encendida. 

Jen-O

Saturday, April 4, 2026

Sonrisa







Tus ojos me enseñan  
a soñar sin temor,
y en tu risa encuentro
mi lugar secreto,
no sé explicarlo,
pero contigo todo es mejor
porque en ti descubrí
lo que de verdad es anor.
Jen-O

Wednesday, April 1, 2026

Errante

 






Aun oscuro me atormentada el silencio
Pues lo que nunca fui, es lo que sigo siento.
Porque triste sombra es errante desolado
Estando la viva presentado su recuerdo,
Y la gran caminada permanece por la ilusión
con la venganza, de la sueña tormentosa
de aquella mía encarnizada sufrimientos.
De tal recuerdo de quien existiendo, no mirado.


Tuesday, March 24, 2026

En la quietud de la tarde

 


Un sueño...






No es tan solo una mujer,
sino también un hechizo;
no es tan solo una belleza,
sino una promesa infinita.
Y quien la contempla,
aun por un solo latido,
queda prisionero
en un sueño sin final.
Jen-O)


Saturday, August 30, 2025

Alicia

Todavía sueña, 
cuando la tarde se vuelve dorada, 
con la mesa en un claro del bosque. 
El sombrerero y la liebre gritan:
¡no hay lugar, no hay lugar...!
Y como si el tiempo jamás hubiese pasado,
el reloj se detiene de nuevo 
en la hora del té.



Sunday, August 17, 2025

El jardín y el regreso...

 
Había transcurrido un año desde aquel encuentro, pero el jardín permanecía inalterable, como si el tiempo aquí obedeciera otras reglas. Los senderos de boj seguían tan pulcros como entonces, los rosales, en su máximo esplendor, derramaban perfumes generosos, y el canto del mirlo, puntual y persistente, tejía el mismo hechizo de aquella mañana lejana. El capitán Harry Gaillard volvió a cruzar el umbral del jardín, esta vez sin bastón ni pretexto alguno, salvo quizá la vaga esperanza —que había ido creciendo implacablemente en su pecho— de volver a verla. Había aprendido, en ese año, a no cuestionar ciertos recuerdos, como tampoco cuestionaba ya el modo en que aquella imagen —una dama vestida de azul y amarillo, con los cabellos libres y los ojos grises como la niebla sobre el río— regresaba sin aviso en sus pensamientos más serenos. Avanzó despacio, recorriendo los senderos como quien sigue un mapa invisible. Y al girar en la misma curva, se detuvo, aunque esta vez no con sobresalto, sino con la serena certeza de que algo importante estaba a punto de ocurrir. Allí estaba ella, junto al mismo rosal, vestida ahora de blanco y marfil, con un sombrero ligero que apenas contenía los rizos rebeldes. Sus dedos acariciaban una flor, distraída, acudía al jardín guiada por un presentimiento que ella misma no habría sabido explicar. Él no dijo palabra al principio. Bastó con que sus pasos crujieran sobre la gravilla para que ella volviera el rostro. Lo miró, y sus ojos grises no mostraron sorpresa, sino una calma luminosa, casi alegre. —Capitán Gaillard —dijo ella, como si apenas hubieran pasado unas horas desde la última vez—. Me pregunto si es usted quien persigue a las rosas, o si son las rosas quienes lo atraen a usted. Él sonrió, con una calidez que no había mostrado un año atrás. —He llegado a sospechar que son ellas las que me conducen hasta donde debo estar. Ella bajó la mirada un instante, pero su sonrisa, leve y sincera, traicionaba cierta emoción. —¿Y ha aprendido algo en sus paseos solitarios durante este año? Él se acercó, sin premura, con la serenidad de quien sabe que ya no hay lugar para juegos ni evasivas. —Sí, señora —respondió con voz firme—. He aprendido que un instante puede marcar la frontera entre lo que uno era… y lo que desea ser. Ella lo miró con atención, como midiendo el peso de cada palabra. —Y dígame, capitán… ¿qué desea usted ser? Él no respondió de inmediato. En lugar de ello, extendió la mano, con un gesto grave pero tierno, y ella, tras apenas un segundo de duda, posó su mano en la suya. Sus dedos encajaron con naturalidad, y todo el año transcurrido se convirtió en apenas un suspiro. —Deseo ser —dijo él, con una media sonrisa— el hombre que tenga derecho a caminar a su lado… por este jardín, y por todos los que vengan. Ella sostuvo su mirada, y en sus ojos no hubo burla ni coquetería, sino una alegría limpia, inesperada, como quien descubre que la felicidad puede, en efecto, ser sencilla. —Entonces, capitán Gaillard —susurró ella, dejando que la brisa llevara su voz—, será mejor que me acompañe. Los jardines, ya sabe, no esperan eternamente. Y así, sin promesas exageradas, sin declaraciones altisonantes, comenzaron a caminar juntos, paso a paso, dejando atrás los senderos solitarios y entrando, por fin, en la misma historia. El mirlo entonaba de nuevo el antiguo hechizo, el jardín, al fin, había cumplido su destino.