En mi niñez pasaba horas en la playa moldeando torres y
murallas de arena, convencido de que algún día esos castillos serían mi
refugio, un hogar donde mis anhelos pudieran echar raíces. Pero, como bien dice
aquel verso que nunca deja de resonar en mí, no vale la pena construir
castillos sobre la arena. El viento, caprichoso y burlón, siempre llegaba a
desmoronar mis esfuerzos, y el mar, con su vaivén implacable, arrastraba mis
sueños hacia lo más profundo del océano.
Me quedaba en la orilla, viendo cómo el agua se llevaba mis
creaciones, sintiendo en el pecho una mezcla de tristeza, impotencia y una
rabia callada. Había invertido tanto en esos castillos—en esos planes que
parecían firmes en mi mente—solo para verlos desvanecerse en un instante. La
realidad, siempre implacable, me enseñó que nada es tan sólido como parece, que
las ilusiones son frágiles, y el tiempo, un eterno destructor. Aprendí también
que uno puede esforzarse hasta el agotamiento, darlo todo, y aun así ver cómo
lo construido se deshace sin que importe. Como si todo lo que hiciera
careciera, en el fondo, de sentido.
Hoy, al mirar atrás, comprendo que cada torre derruida me
estaba dejando una lección, una que en ese momento no entendía. Que tal vez no
se trata de la solidez de lo que construimos, sino de la fugaz belleza del
intento. Pero incluso esa belleza empieza a parecerme un consuelo vacío. Porque
hay una fatiga que se instala cuando uno ha levantado castillos toda la vida
para verlos caer una y otra vez. Una tristeza sorda que no viene del fracaso en
sí, sino de la sospecha de que quizás esos castillos nunca fueron míos del
todo, que cargaba esperanzas prestadas, anhelos ajenos, pesos que no me
correspondían.
Y así he seguido, reconstruyendo ruinas con manos cansadas,
empujado por una inercia que ya no comprendo. Ahora, cuando camino por la
playa, ya no levanto castillos. Me limito a observar cómo otros niños los
construyen con la misma devoción que alguna vez tuve. Sonrío con tristeza,
porque sé perfectamente que el viento y el agua reclamarán su tributo. Al final
me ha quedado la certeza de que todo lo que construimos está hecho de arena, y
tarde o temprano, el mar se lo lleva. Y yo, que he pasado la vida tratando de
sostener lo insostenible, solo deseo, alguna vez, poder sentarme y dejar de
luchar contra la marea.
Jen-O

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