El tren avanzaba con su vaivén monótono, sacudiendo suavemente a los pasajeros. Afuera, la tarde teñía el mundo de tonos dorados, y la estación apareció de pronto, como detenida en el tiempo.
Fue entonces cuando la vi.
De pie en el andén, una mujer observaba el tren con una expresión difícil de descifrar. La luz del ocaso encendía su cabello, y su vestido se movía apenas con la brisa. No hacía ningún gesto, no buscaba a nadie. Simplemente estaba allí.
El mundo pareció detenerse: ni tren ni estación, solo ella.
Mi corazón dio un vuelco. No la conocía, pero sentí —con una certeza absurda— que si pudiera bajar en ese instante, alcanzarla, mi vida sería otra.
Pero el tren siguió.
En un segundo —o en un siglo— la estación quedó atrás. Su figura se volvió borrosa, hasta desaparecer.
Y sin embargo, en ese breve instante, sentí que algo me había sido arrebatado. Como si, sin saberlo, hubiese estado esperando toda mi vida encontrarla, solo para perderla en un suspiro.

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